RASTREADOR
DE ESTATUAS
Dirección:
Jerónimo Rodríguez.
Guión,
producción, montaje: Jerónimo Rodríguez.
Dirección
de fotografía: Jerónimo Rodrigues y Jorge Aguilar.
Casa
productora: Cine portable
Sonido:
Roberto Espinoza.
La
unión sutil que Jorge, el protagonista de El
rastreador de estatuas
(2015), va descubriendo en todas las esculturas de hombres célebres
que encuentra a su paso, mientras busca la del médico portugués
Moniz Egaz, es el hilo conductor en este sereno cuento íntimo del
hombre en busca de configurar (y reconfigurar) sus recuerdos, no sólo
respecto a su padre muerto, sino con la historia de su país, y con
ello encontrar su sentido, su pertenencia, pues
él siempre se ha sentido
desenraizado, extranjero, exiliado.
Para
relatarnos esta historia de memoria, olvido y cambio, el director
Jerónimo Rodríguez apostó por la experimentación, por configurar
una película atractiva a través de la oralidad y de técnicas
narrativas visuales mucho más propias del documental, como los
insertos de archivo (fragmentos de películas, de operaciones
cerebrales, revistas políticas, partidos de futbol) o los planos
fijos en parques y calles existentes, levantadas estas últimas
imágenes con el cuidado no del fotógrafo que busca los mejores
ángulos de la luz, sino del reportero que sabe que lo importante es
capturar la escena en el momento pues no habrá otra oportunidad. El
efecto inmediato en el espectador es que la película posee fuerte
influencia de “lo real”, a pesar de que carezca de actores. El
orden o desorden en la cama de una habitación, un cielo nublado a
través de una ventana, una lluvia sobre el patio, la calle y los
autos, la sala de la casa de su padre, una intersección nevada en
una calle de Estados Unidos, parece hablar con mayor fuerza de los
personajes y la sociedad, que si estos fueran representados por mimos
vivos, dramáticos, con toda su corporalidad.
Sin
actores, la importancia de la historia recaerá, por tanto, en una
voz masculina en off
de matices tonales apenas acentuados y que bien podría corresponder
en edad a la de un contemporáneo del protagonista. Quizá al
principio se podría calificar a esa voz de plana, incluso aburrida,
sin embargo el ritmo de las acciones narradas y la profundidad de
estas, cautivan irremediablemente al oyente de la historia de Jorge,
documentalista chileno que trabaja en el extranjero. Una tarde,
mientras ve junto a su novia un documental cuyo tema son los enfermos
mentales, aparece en la pantalla por unos segundos la estatua en
Lisboa de Moniz Egaz, inventor de las lobotomías. Aquel lapso es
suficiente para desenterrar en Jorge un recuerdo de su propio padre,
neurocirujano de profesión, y la ocasión en que de niño, está
seguro, aquel lo llevó a un parque de la ciudad de Santiago a
contemplar un busto de ese mismo médico.
El
asunto se complica cuando, para comprobar la validez de su recuerdo,
Jorge acude al parque que le parece y no encuentra sino un monolito
donde pudo haber estado alguna vez una estatua. Ni los vecinos, ni
los jóvenes que por allí pasan, pueden darle razón de quién
estuvo alguna vez inmortalizado en aquel lugar. Aquel, pues, se
convierte en el principio que lo lleva de parque en parque, de jardín
en panteón en calle, a la búsqueda de la escultura y de revivir un
recuerdo, al tiempo que, en el encuentro con otras estatuas,
profundiza en la figura paterna y en los difíciles tiempos
históricos de la represión en Chile.
Así,
por ejemplo, cuando Jorge encuentra el busto del poeta mayor de
Rusia, Alexander Pushkin, una relación de ideas lo lleva a
investigar sobre éste, su muerte durante un duelo, los duelos
llevados en Chile (la película señala, con evidente interés
narrativo, que precisamente Salvador Allende había protagonizado la
última ocasión registrada en Chile en que fue usado ese método de
“defensa del honor”), la relación simbólica, en el ámbito del
futbol, entre la capital soviética
y Santiago en la época anterior y posterior al golpe de Estado de
1973.
Esta
unión de puntos, este jalar el hilo, le sirve a Rodríguez para
ampliar el discurso del retrato intimista que nos narra. De esta
manera, y a través de las estatuas de distintos personajes (abates,
futbolistas, exiliados polacos), este filme abarca una serie de
hechos que rebasan al tiempo que enmarca al personaje. Comienza a
comprender a su padre, inserto en un ahí-y-entonces,
y a verse a sí mismo en un aquí-y-ahora
derivado y dependiente de aquellas fechas históricas, y de que lo
único seguro siempre será el cambio. El hecho mismo de que una
estatua, regularmente considerada como cincelada para durar, para
permanecer en el tiempo, se pueda perder, indica la fuerza de ese
inevitable cambio. Moniz Egaz es el ejemplo justo. Su terapia
invasiva para “tranquilizar” a los pacientes, que le haría
merecedor del premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1949, el día
de hoy es seriamente desacreditada. Del más grande premio en vida,
de intenciones médicas honestas, a convertirse en un referente de lo
que no se debe hacer...
Será
la consciencia del inevitable devenir, del devenir tal cual ocurre,
del río en el que no se baña uno dos veces, lo que terminará por
definir la historia de Jorge. Cuando la serpiente se muerde la cola,
cuando finalmente el personaje se da por vencido de encontrar alguna
vez la estatua de Moniz Egaz en Santiago y, por circunstancias
favorables, viaja a Lisboa, tiene la firme intención de ver dicha
estatua (y un malentendido lo lleva a ver otra, en lugar de la más
lucidora), el círculo se cierra para este personaje desengañado de
las ideologías, desconcertado ante su tiempo, reencontrado con la
figura de su padre: Jorge se da cuenta que no sabe nada, pero allí,
frente a aquella estatua, se siente, no obstante, un poco mejor. Las
respuestas no cuadran, no se ve claro nada, no es lo perfecto, pero
es lo que hay, lo existente, es con lo que hay que vivir: habitando
la rueda de la historia.
Y ahora llegamos al punto del título bequeriano de nuestro post: una buena historia construye el cine, más allá de si cuenta con tomas espectaculares, actores famosos, escenarios rocambolescos. El rastreador de estatuas, lo confirma.
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