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lunes, 8 de junio de 2015

AL MENOS SE GANÓ ALGO

Que las candidaturas independientes hayan conseguido varios triunfos en la primera ocasión que contienden, marca sin duda un nuevo horizonte en el ámbito de las elecciones. El mensaje del electorado es claro, sobre todo en Nuevo León: “ustedes, partidos, han dejado de representarnos; sus discursos y acciones nos parecen lejanos; estamos cansados de que tengan a nuestro estado así”. La decisión probablemente no fue fácil para muchos votantes: el priísmo tardío profesado hasta apenas unos años es una clara mancha en el perfil del futuro gobernador. Pero allí, en Nuevo León, ha ocurrido el cambio.

A pesar de las dificultad que representa obtener una candidatura independiente, de los recursos de chiste y ninguneo que les dan (que, ojo, utilizados con inteligencia han sido más que suficientes en algunos casos, como el de Kumamoto en Zapopan), del ataque consistente de los medios de comunicación, los independientes se llevaron el respaldo del electorado o batallaron con fuerza en muchos casos.

Esto es un pequeño paso para la consciencia de que esas estructuras elefánticas, que tanto dinero le cuestan al país en las elecciones, donde el alineamiento de pensamiento (también llamado “disciplina partidista”) es una constante, esas estructuras elefánticas, repito, desaparezcan y den paso a que las agendas y el proceder de los representantes populares dependa de los intereses y retos comunes de la nación, y no de los intereses de los partidos por imponer desde los sitios de poder sus visiones parciales, sectoriales de las cosas.

 Sin embargo, desde aquí ya se ve que el camino de estos pioneros ciudadanos independientes no será nada fácil. Sin el respaldo que da la estructura política (esto es, la mano de obra alineada para construir el avance del burocratismo diario); con cámaras que aún permanecen bajo el control de los partidos (y con posibilidades muy justas de vetar iniciativas, pero también a veces sólo como injustas y lacerantes medidas de presión); los únicos aliados que tendrán seguirán siendo sus electores. Esperemos que la voz de estos no enmudezca una vez alcanzada esta primera victoria y se alce aún en las batallas por venir, esas para las que, como ciudadanía, aún carecemos de medios democráticos de opinión.



jueves, 28 de junio de 2012

Cierre de campaña en el Zócalo

Llevé a mi hijo de siete años al Zócalo, al cierre de campaña. En un descuido, volteé a la izquierda, y cuando regresé la mirada hacia él, ya tenía una cachucha del PT en la cabeza.
   -Me la regalaron -dijo.
   -Más bien, nos regresaron parte de los impuestos en forma de gorra.
   Le expliqué, entre otras cosas, que nada de lo que se recibía de los partidos políticos era gratis. Y que aunque somos simpatizantes, en líneas generales, del proyecto alternativo de nación de López Obrador, eso no significaba que creamos que todo lo que él dice sea la pura verdad. Pero que comparado con los otros políticos de la lid electoral y con sus respectivas historias y sus formas de enfrentar los retos, AMLO y su gabinete pueden representar el comienzo para México del largo camino en el que todos debemos cooperar para transitar, en este mundo extraño del siglo XXI (sometido al abuso de los recursos naturales y a la explotación del hombre por el hombre en busca del abstracto beneficio), hacia una nueva forma de entendernos entre los mexicanos, con otras naciones y entre la humanidad.
   Pero mi hijo ya no me prestaba atención, entretenido en escuchar los cánticos y gritos de apoyo de aquella fiesta de optimismo. No importa, me dije. Estábamos ahí por pura convicción, no por una gorra: para demostrar que tenemos esperanza de un cambio y no un retroceso, y que la pondremos en una boleta. Nuestro voto no es un cheque en blanco: esperamos que dicha esperanza no se desvíe demasiado y que siempre esté dispuesta a rectificar en lo que pueda estar equivocada.
   



martes, 26 de junio de 2012

Comentario antes de las elecciones


Durante las fases más decadentes del histórico gobierno del PRI (que yo ubicaría más notoriamente entre Díaz Ordaz y Zedillo), existió una forma de pensar y actuar muy popular entre las clases dirigentes del país conocida como “priísmo”. Dicha alienación provocaba que algunos individuos enquistados en los altos mandos del servicio público consideraran que el poder del estado se podía utilizar para satisfacer caprichos personales e imponer cortas ideas grupusculares. Más que buscar el desarrollo y la prosperidad de un pueblo, lo que había que hacer era mantenerlo “disciplinado” (aunque sus disciplinas fueran verdaderos baños de sangre) y consciente de que “hay clases, ¿eh?”.
        Esta forma de pensar se extendía a todos los niveles del aparato estatal, y muchos burócratas, desde su propio ámbito, también ejercían esas mismas prerrogativas y abusaba de su posición para obtener un beneficio personal en cualquier ramo. Uno de sus dichos populares más arraigados era: “No me den. Pónganme donde hay”. Otras perlas de su ideario folclórico tenían que ver con cómo situaban a sus allegados en puestos para los que no estaban capacitados o en cómo debían alinearse a su influencia cualquiera que pudiera tener intenciones críticas: “Él es el orgullo de mi nepotismo” (López-Portillo en referencia al puestazo de su hijo), “En Televisa somos soldados del PRI” (Emilio Azcárraga "El Tigre" ante las críticas de ser parciales) y esa que resume con mayor puntualidad su ideología: “El que no transa, no avanza”. En la práctica, estos menesteres los podía llevar a cabo (y aún se estilan, dado que cambiar un hábito es muy difícil) un policía de tránsito pidiendo una mordida o una secretaria adoctrinada o coludida con su jefe para apresurar lentamente un trámite que debía ser gratuito y expedito.
     Entre las clases medias existía también el denominado “priísmo”, que impulsaba a gente sin partido o de la iniciativa privada no a considerar a un aspirante por sus planes de gobierno, sino a pagar algunos favores y dinero para que el irremediable candidato fuera uno que le permitiera hacer "negocios" con el gobierno, negocios de amigos que se han ayudado mutuamente. Entre estos negocitos se encuentran esos aparatos monopólicos o duopólicos que tanto freno han metido al desarrollo del país, como Telmex (y sus subsidiarias, Telcel), Televisa, TvAzteca, y aquellas de los amigos extranjeros, como la banca española y estadounidense. (En la actualidad han llegado nuevos invitados que pretendan hacerse los invisibles, como Monsanto o Walmart.)
     Entre las clases bajas del país existió también esta situación mental. Y llegaba a sus más terribles aberraciones en esa triste justificación de quienes no querían o no sabían pensar en los asuntos del país y daban un voto de inercia al PRI porque “así se los había enseñado sus padres”, o porque temían, con justa razón, que las migajas que recibían en ayudas sociales (de un pastel que ya se había repartido para sufragar costosas mansiones, viajes, vinos, yates) pudieran desvanecerse de la noche a la mañana.
        Una época triste en que la libertad de expresión, los trabajos, las finanzas del país, el desarrollo en general, eran controlados por la dura ley del "peladito" más fuerte y no del que pudiera estar mejor preparado. El priísmo era la extrapolación al ámbito del servicio público de los defectos humanos más deleznables: avaricia, egoísmo, pereza, vanidad, autoritarismo... Los tiempos trajeron lentos cambios: ideas, ciudadanos, organizaciones, movimientos e incluso los partidos de oposición fueron minando aquella estructura hasta completar, en 2000, la alternancia partidista. No ha sido fácil y el resultado no ha sido perfecto. Como sabemos, esto no representó necesariamente nuevos paradigmas ni mejorías de nuestro Estado, pero al menos quedaron desterrados durante doce años los cuadros priístas (personas de carne y hueso) que ayudaban a mantener y aceitaban aquella maquinaria de corrupción, sobajamiento y clientelismo. Y ese destierro sí fue un avance.
          El punto al que voy es claro: no basta que hayan transcurrido doce años para que el país haya cambiado y creamos, como el ingenuote de Vicente Fox, que la vuelta del PRI pueda venir sin esa clase de ideología (y personas). Tampoco bastarán seis años de otro partido. Pero una cosa es segura: lo mejor es mantener a muchos de esos personajes (aunque algunos ya hayan "chapulineado" camaleonamente) fuera del ámbito del servicio público al menos unos tres sexenios más. Seguramente con medio siglo fuera del poder, uno podría considerar que el regreso del PRI de verdad pueda ser una opción.