martes, 5 de abril de 2016

INOPORTUNOS MENSAJES A DESHORAS



La pureza de intenciones y actuares para alcanzar el fin de la violencia y el Estado igualitario de cierto tipo de feminismo (considerando las diversas modalidades de éste) resulta en ocasiones reduccionista radical de una gama de fenómenos de la naturaleza social y biológica. Pondré por caso un debate que mantuve con una compañera poeta y algunas mujeres amigas suyas en redes sociales (o sea, un debate público, con el raspadón propio de quien se enfrenta de golpe a diez visiones distintas, siete de las cuales no están interesadas en debatir siquiera lo auténticamente expresado, sino hacer ataques ad hominem). La tesis esgrimida por la poeta es muy válida: ninguna persona (sobre todo las mujeres) debería recibir mensajes ofensivos con propuestas sexuales, además de que los hombres deberían saber cómo lidiar con el rechazo y entender que un “no” en el plano sexual es “no”. Por ello mismo, la compañera poeta había tomado la resolución (vista la inutilidad del Estado para salvaguardar a las mujeres) de ofrecer a través de un sitio de internet el muestrario de mensajes violentos que ella misma había recibido (y animaba a otras mujeres a hacer lo mismo), tal vez así a los machos les diera al menos un poco de vergüenza y abandonaran esa práctica.   

Y allí fue donde tuve la mala ocurrencia de ser inoportuno a la una cincuenta y dos de la tarde. No sé si sea cualidad o defecto ser inoportuno, pero es algo que me acontece. Con poca reflexión, traté de escribir que ojalá las mujeres a las que he enviado un mensaje a deshoras no me balconearan en aquel sitio de marras, visto que soy un tipo caliente (perteneciente a la vida y sus células) que trata de seducir si puede (y si no puede, pues no), por aquello de la cosa extraña que nos mueve y que no es la mera reproducción.
Textualmente, sin embargo, lo dije así.















Dicho post, como he dicho, es inoportuno y desafortunado, pero por sí mismo no es delictuoso ni implica crimen u ofensa alguna, teniendo en consideración que:

a) en ningún momento se puede inferir que hay propuesta alguna de índole sexual hacia quien lo recibe, ni se le ataca u ofende.

b) el mensajeo entre personas a cualquier hora del día y la noche no es materia de delito per se, sino sólo en los casos en que medie amenaza u ofensa, o se interfiera en el derecho a la tranquilidad.

b) las intenciones galantes o seductoras de cualquier papirrín de balneario tampoco son materia de delito per se, a menos que medie forzamiento, coacción, acoso o amenazas.

c) la “calentura” es una respuesta natural del cuerpo a ciertos estímulos que pueden ser visuales, olfativos, táctiles, acústicos e incluso gustativos. Y aunque es de muy mal gusto decir en la vía pública que uno es caliente, ese hecho tampoco configura un delito, y cualquiera puede ser caliente e ir al trabajo; ser caliente y comprar un kilo de tortillas; ser caliente y transportarse en el metro sin hacer tocamientos ni dar arrimones; ser caliente y comportarse con la suficiente continencia para que eso no sea un problema penal.

d) la palabra vasectomía suena feo, casi como grosería, pero no lo es. En realidad es una cuestión de salud pública que debería ser más promovida.  

Concuerdo con mis detractores, lo dicho en el post, por supuesto, no manifiesta adecuadamente, al ponerme como ejemplo, mi intención de subrayar que enviar mensajes a deshoras no puede considerarse malo todo el tiempo. Vale. Pero tampoco era una confesión de que yo dedicara mi tiempo y recursos a acosar mujeres al azar y escribirles guarradas ni pretendía ser una justificación de quien lo hace (aunque por el contexto parezca que sí). Sin embargo, de esta segunda manera fue tomado por la compañera poeta y sus amigas y amigos. Y comenzaron a blandir sus “razones” y “argumentos” no violentos (puesto que son feministas y están erradicando la violencia a través del ejemplo) para que yo me enterara y enmendara mi conducta: “imbécil”, “idiota”, “batillo”, “hasta mi perro sabe controlar sus impulsos”. Bah.

Comprendo perfectamente que un debate feminista sin reglas por Facebook es uno de los atolladeros más grandes en que se puede meter cualquiera que tenga algo que objetar, sobre todo cuando se suman nuevas voces que no se toman la molestia de leer todo el hilo y donde otras no pueden salir del ataque ad hominem y la suposición de situaciones.
 
Como cada respuesta mía a ese hilo era ya vista, no como el derecho que asiste a una persona para defender su postura (o ampliarla o retractarse), sino como “acoso” (pues yo ya era el Malo Malote de Malolandia Heteropatriarcal), y como cada nueva grosería en mi contra era respaldada a punta de likes como si fuera el destilado de la bondad y la sabiduría de la Pachamama, decidí cejar y mejor escribir este ensayito.

Y es aquí donde puedo hablar directamente del fenómeno que nos ocupa: el mensaje de seducción y la intención de erradicarlo. A grandes rasgos, en la comunicación con intenciones sexuales por medio de mensajes, puedo apreciar al menos cuatro subdivisiones:

1. Lo consensuado. Comunicación en que las personas que se mandan mensajes están de acuerdo en recibirlos y enviarlos a cualquier hora o en un determinado horario.

2. Lo aceptable. Comunicación en que las personas manifiestan a través del contacto cotidiano una atracción recíproca, y donde enviar mensajes inesperados y a deshoras no es considerado una amenaza por parte del destinatario. Puede existir, no obstante, la posibilidad de establecer límites o llegar a acuerdos.

3. Lo temerario. Comunicación que el remitente establece sin que exista una clara manifestación de afecto del destinatario. Cuando estos mensajes son enviados o recibidos, puede o no haber una respuesta (lo recomendable es que la haya, pero el silencio ya es una) para explicitar negativas, establecer límites o llegar a acuerdos favorables entre ambas partes.

4. Lo delictivo. Comunicación en que el remitente, apercibido de que la destinataria no quiere establecer ningún vínculo sexual con él, no sólo interfiere en el desenvolvimiento cotidiano de ella, sino que sus mensajes ya representan ofensas o amenazas a su dignidad humana, a su seguridad personal y a su tranquilidad. Es usual, además, que en este punto el remitente actúe bajo el anonimato.


Aprovechando este punto, haré mi deslinde: mi actuar, en mi vida enamorada y frenética, siempre se ha movido entre lo consensuado, lo aceptable y hasta lo temerario, todo en su propio espacio y tiempo. Las pocas mujeres que recibieron un mensaje mío a deshoras fue porque siempre hubo una simpatía previa y un consenso y jamás ofensas (pero explícale eso a un grupo de mujeres que están hablando de algo serio y te sacas un comentario en donde dices que eres caliente).

Es claro que en esas cuatro subdivisiones, la que debería ser penada es la número cuatro.

En la tres (lo temerario) el sujeto ha sobrepasado el límite de la cortesía y las buenas maneras (sólo el contenido textual podría revelarnos qué tanto), pero debería bastar un “no me interesa” o el silencio para frenarlo. Si no se desiste, lo temerario ingresa a lo delictivo.

Asimismo, es en lo temerario donde ocurre una buena cantidad de interacciones entre ambos sexos, con una tendencia de tomar la iniciativa más consistentemente por parte del género masculino. Pero mientras se conserve el respeto a las negativas y límites, y el contenido textual no alcance lo ofensivo, todavía se está dentro de la legalidad y la “normalidad” (¿qué es la normalidad, habida cuenta de la gran variedad de visiones, tanto de hombres como de mujeres, sobre las relaciones interpersonales?).

Condenar no sólo los mensajes del rubro delictivo, sino toooodo mensaje de intenciones seductoras porque “es violencia machista”, es una reducción del fenómeno amoroso o erótico a estándares unidimensionales y acartonados, casi conventuales, donde la espontaneidad de la acción necesaria para establecer relaciones entre los sexos es proscrita y vista casi como una aberración. La aberración de que los humanos estén hecho de carne, pulsiones, necesidades psicológicas y fisiológicas y eso sea tan malo que sientan atracción por el género opuesto y lo demuestren, a veces, con un inoportuno mensaje a deshoras.

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